
Existía un Jugador llamado Arjé. Siempre jugaba, no hacia otra cosa. Al final de sus días vino un hombre llamado Conciencia a preguntarle el porqué de tan disparatada actitud. Arjé respondió con celeridad una prolija serie de palabras altisonantes, luego inspiró y soltó su sentencia final:
“El día en el que llamar Jugador a alguien no sea más que un epíteto absurdo, ese día, el individuo podrá empezar a pensar. Yo he cumplido mi parte”